"Os lo he dicho cien veces, y os lo diré otras cien o mil más: cuando oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis mucho caso.
Siempre exagera; la mayor parte de las veces miente. Por un atavismo mendicante busca ser compadecido y no sabe que es desdeñado. La inmensa mayoría de las patrañas y embustes que respecto al estado de España circulan por el extranjero proceden de españoles. Somos nosotros mismos los que a las veces, no más que por hacernos los interesantes, propagamos esas novelerías. Un pobre diablo que salió emigrado de su aldea, Robleda de Arriba, y que nunca vio sino esa aldea, va contando todo género de desatinos respecto a lo que nunca vio."
Casi 100 años después, seguimos quejándonos de que
España es el país de los oportunistas,
del pelotazo, de la política como extensión del fútbol, donde cada uno lucha a muerte por sus colores; de la pérdida de saliva en discutir ideas metafísicas territoriales, de la ausencia de inversión en cualquier área que apeste a futuro, del exceso de estúpidos felices con su ladrillo.
Y ahora la gente viaja.